jueves, 29 de enero de 2015

Carta al Papa Francisco

Querido Papa Francisco, soy una madre de familia, mujer, heterosexual desde mi nacimiento. He crecido en una familia católica, de padres buenos que se han esforzado por darme una educación en valores cristianos. He estudiado en un colegio religioso, de monjas cuando era pequeña y hasta la enseñanza media. Estas monjas nunca me maltrataron. No he sufrido abusos sexuales ni de ningún tipo, ni los he hecho a nadie. Estudié con esfuerzo y me alejé de ambientes de droga, sexo y rock and roll que pudieran perjudicar mi alma y mi cuerpo. He sido una hija obediente y cariñosa. Me casé y no me he divorciado, aunque ganas no me han faltado. Cuido de mi familia e intento que mi hogar sea luminoso y alegre. He intentado vivir según las normas de la Santa Madre Iglesia. En definitiva, un bicho raro, una especie en extinción, irrecuperable para la sociedad. Sin que yo me identifique con el “hijo bueno” de la parábola del hijo pródigo, sí me preocupa haber estado haciendo el canelo, que la gente me mire y me señale con el dedo y me tachen de católica fundamentalista porque voy a misa los domingos y no estoy de acuerdo con que se liquide a los niños antes de nacer. Me preocupa que mis hijos me echen en cara que les he educado en unas ideas trasnochadas y locas porque lo importante es siempre volver a la casa del Padre, donde, por cierto, yo ya no sé si volver porque del sacramento de la confesión ni hablamos, ¿no, Santidad?.... ahí arriesgamos el pescuezo directamente. Quiero pedir permiso para dejar de ser un bicho raro y recuperar el tiempo perdido y recuperarme para la sociedad y reintegrarme plenamente en ella. Lo de las drogas y el rock and roll no, pero igual lo demás me lo pensaba. En el fondo me gustaría cambiar la parábola del Hijo Pródigo y que cuando el hijo menor y malo volviera, su hermano mayor y no envidioso, ni soberbio, ni interesado, sino esforzado buen hijo, le pudiera decir; ¡”Lo que te has perdido, chaval”!, “he estado todo el día de fiesta, matando los becerros de papá con mis amigos, porque todo lo suyo es mío, y felices de la vida gastando en su casa su fortuna, y no como tú, por ahí perdido, pasando Dios sabe qué calamidades...” No me río de las vidas desgraciadas que han sufrido y sufren; con esas me solidarizo y doy gracias por no haberlas tenido yo, es solo que me gustaría matar el becerro y comérmelo con mis amigos, para que todos vieran que en la casa del Padre se vive mejor que fuera, y que me dieran una palmadita en el hombro y me dijeran hija buena y fiel pasa a la casa de tu Señor. Santidad, eso de esperar la recompensa en una moneda que no conocemos -porque ni ojo vio, ni oído oyó-, se hace pelín cuesta arriba con la que está cayendo.