martes, 1 de mayo de 2012

Donde no llega mi mano, llega mi espada


A la Justicia se la suele representar con una espada en una mano y una balanza en la otra. A mí me ha gustado siempre esta representación y le he añadido el lema anterior, que está sacado de un poema de Chavarri (La rosa de Versalles)  que, en principio, nada tiene que ver con la Justicia pero que, para mí, encierra mucho simbolismo. La mano de la Justicia es alargada y llega hasta los lugares más altos, incluso en la corte de los Borbones.

Antes, (me refiero a hace mucho, mucho antes de esto)  en las familias importantes (es decir, con dinero para permitírselo) había alguien que pagaba las culpas de otro. Siempre había un alguien a quien cargarle el muerto, desde las flautulencias de la señora marquesa, hasta el embarazo inopinado de la hija del señor marqués. Y nadie decía nada. Cargaban con el mochuelo y con la compensación correspondiente. Luego estaban los leales. Aquellos que resistían por el bien moral de las instituciones y eran los que tapaban las inconveniencias reales, por ejemplo, para que la institución no nos arrastrara a todos los demás, desde los embarazos de la señora Muñoz, hasta los golpes de Estado del señor Smith.

En las monarquías modernas esto ya no pasa porque, “todos somos como Vos y juntos somos más que Vos”, de manera que los marrones se reparten por igual y los mochuelos cantan  en el olivo porque ya no hay ni compensación, ni lealtades que pagar y porque ya no hay ni hacienda, ni vida, ni honor que dar al Rey, que cada cual se administra su hacienda, su vida y su honor como puede.  Ha bastado que se publique un e-mail involucrando a SM y a SAR su hija, para declararse culpable, devolver el dinero, contar lo que sabe y quedarse en el destierro una temporadita. Esto, en el siglo XIX, se hacía por honor, ahora se hace por lo contrario. ¡Cómo me gusta la democracia! Sólo falta que donde no llega el honor, llegue la ley.



Fue la escena en un baile de Versalles,
los nobles de la corte disfrutaban
la suprema caricia del ambiente,
de oro, de luz, de ritmo y de fragancias
que ofrecía la fiesta y esplendor de galas
Ilusiones, amores y deseos
como invisibles átomos flotaban

Un grupo de serviles cortesanos
en torno al rey solícitos giraban,
como gira un satélite buscando
luz en los astros para reflejarla

No lejos veíase un hidalgo
de buen aspecto, de gentiles trazas,
ataviado a la clásica manera
de un noble de la corte castellana.

Su gesto era altivo y su persona
de fina distinción, pero su talla,
no quiso Dios que fuese desmedida,
y resultó pequeña y desmedrada

Quizá por divertir al soberano,
un caballero de los que allí estaban,
comentó con donaire de mal gusto,
la estatura, en verdad, harto menguada
del hidalgo español y, deseando
de su ingenio ante todos hacer gala,
se puso a contemplar una rosa colorada
en medio de otras flores que tejían
sobre un viejo tapiz una guirnalda,
y después, con gesto de ironía,
se volvió al español y en son de chanza,
le dijo así: “Mirad aquella rosa;
si pudiera, con gusto la cortara
para obsequiar a la mujer más linda
de cuantas hoy en el palacio se hallan:
pero como el adorno está muy alto,
ni vos ni yo podemos alcanzarla”.
 
Comprendió el castellano la indirecta,
y mirando al francés con mucha calma,
desenvainó el acero, y con la punta
de su limpia tizona toledana,
cortó la rosa y, con respeto luego,
poniéndose delante de la dama
le dijo: “permitidme que os ofrezca
esta linda flor que, por estar muy alta,
creyeron que jamás alcanzaría,
sin pensar que los hombres de mi raza,
llegan a lo más alto cuando quieren,
porque aprendieron todos en España,
que donde no se llega con la mano,
se llega con la punta de la espada”.