
Vamos a ver, criaturos, ¿Cuándo he hablado yo de curas, monjas o Iglesias? En esta historia de los crucifijos sólo he hablado del crucifijo, de nada más. Pero la reflexión de estos dos últimos post, me ha hecho regresar a una pista de patinaje. Y me explico.
Reconozco que en la vida he tenido mucha suerte, y si de curas y monjas se trata, más que suerte. ¿Cómo voy yo a hablar mal de mi Madre Mª Jesús, de mi Madre Pilar,…? Me enseñaron a rezar, a amar, a sumar, a leer, a cantar, a coser, si, también a coser (lo justo, la verdad),… ¡a patinar! Les dio por ahí, y montaron una pista de patinaje. ¡Cómo me gustaba patinar! ¡Qué chulos eran mis patines!, de cuatro ruedas. Juro por todo lo jurable, que nunca, nunca, jamás, jamás de los jamases me pusieron una mano encima; que nunca violentaron mi cuerpo ni mi alma, que nunca me hicieron nada malo, ni a nadie que yo conociera. Juro por lo más sagrado que me enseñaron a ser solidaria, es posible que yo no quisiera aprenderlo, pero ellas se dejaron la vida por los demás. Juro que eran buenas hasta llorar y que nos hicieron mujeres enteras y seguras. Juro que llevaban un crucifijo en su pecho, cerca de su corazón, y que era su razón de vivir y que eso no era malo. ¿Dónde estarán mis patines? Tengo que encontrarlos. ¡Si pudiera volver a ponérmelos! Encontraría también de nuevo al crucificado, y volvería a rezar y a ser alegre y solidaria y buena. Tengo que encontrarlos para empezar a patinar otra vez, (a mis años), a ir muy despacito al principio, hasta que ya no me caigo porque ahí están la Madre Rosa y la Madre Teresa y la Madre Amelia, para cogerme fuerte y levantarme con un beso. ¡Que Dios os bendiga donde estéis, si es que estáis! Yo bendigo vuestro recuerdo.



